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«Tratando de conectar, como fuera, con Cuadrelli, le pregunté si la rana era un signo de algo, una de esas señales egipcias de las que me había hablado horas antes en el bar del hotel».

Enrique Vila-Matas, Montevideo.

 


«Y de pronto me vi frente a todo un panorama del absurdo, que, además, parecía preparado para mí: Cuadrelli, perfectamente sobrio, sentado en la cama y desatándose lentamente una corbata roja, con una pequeña rana muerta, muertísima, descansando sobre su pierna derecha».
Enrique Vila-Matas, Montevideo.


«Ahora que me acuerdo, dijo Cuadrelli, tengo que dar buenas noches a una rana menor del estanque. Y, utilizando aquella, sobre el papel, disparatada excusa, desapareció del bar».

Enrique Vila-Matas, Montevideo.


 



«O no, dijo, Cuadrelli, tal vez nos lleve sólo a un escritor que salió rana, pero seguro que no puedes nombrarme ni a uno que, después de todo, no haya salido rana».

Enrique Vila-Matas, Montevideo.


 


«Quizás, dije, sean seres perdidos por el mundo, globos verdes con cabeza de rana, dibujos en los márgenes de las páginas, toda esa familia de animales que aparecían en los relatos de Cortázar. No eran animales, dijo Cuadrelli, eran globos verdes, famas, cronopios, no había ranas, ni renacuajos, ni mosquitos».

Enrique Vila-Matas, Montevideo.


«Dejé que mi mirada se perdiera entre las plantas psicotrópicas y la charca con ranas y luego la desvié sin miedo, ligeramente, hacia la locura de la luz».
Enrique Vila-Matas, Kassel no invita a la lógica.


«Para empezar, no produciremos nunca una novela autobiográfica en la que a un niño, que es parecido a nosotros, le suceden cosas maravillosas, raras, se hace amigo de un tal Aladino, habla con una rana fea del jardín, construye monstruos patizambos con su potente imaginación, etcétera».
Enrique Vila-Matas¿Te comerías un capullo de magnolia? Lo deorden.


«El sacerdote, con blusón blanco, ha salido tras él arreglándose la estola con una mano y llevando en equilibrio con la otra un librito contra su panza de sapo».
Enrique Vila-Matas, Dublinesca.



«Analizo ahora el comportamiento de Montano a lo largo del rato que hemos pasado juntos y debo decir que éste ha sido desconcertante, muy voluble, con cambios de humor de una notable variedad. Como si fuera Hamlet. Tanto si ha actuado —nunca lo sabré con certeza— tratando de imitar al príncipe de Dinamarca o no, Montano se ha mostrado, en cualquier caso, como un ser en sorprendente y continua transformación. Como mínimo ha pasado por los siguientes estados hamletianos: a) ceremonioso y cortés, b) sensato, reflexivo, hasta intelectual, c) emocionado y melancólico, d) despótico y burlón, e) fingidor de locura, vengativo, tal vez loco de remate».
Enrique Vila-Matas, El mal de Montano.